Hace unos días escuché en la radio una reflexión que me hizo pensar: “cuando la televisión era en blanco y negro, los sueños también lo eran. Ahora que la vemos en color, soñamos en color”. ¿Todos? ¿Sólo soñamos con lo que vemos en la televisión? ¿Y antes de que existiera, de dónde venían las imágenes de nuestros sueños? Y ahora que las redes sociales han reemplazado a la televisión, ¿dejaremos de soñar?
Como sabéis quienes me leéis, me gusta cuestionarlo todo. Por lo tanto, poco me costó dejar que mi mente se tomara tiempo en divagar y explorar cómo las imágenes que consumimos impactan no solo en nuestro comportamiento cotidiano, sino también en nuestra forma de percibir el mundo.
- En la telebasura, la humillación se convierte en espectáculo. Por un minuto de gloria, algunas personas aceptan cualquier degradación.
- En muchas series y películas, el crimen y la violencia son protagonistas. ¿Tiene esto relación con el aumento de la delincuencia en nuestra sociedad?
- En redes, la acumulación de “me gustas” parece más importante que el respeto al prójimo. ¿De dónde viene esa desconexión?
Actualmente recibimos gran cantidad de impactos en forma de imágenes cortas, intensas, repetitivas. Los reels, las historias, los vídeos virales… configuran nuestros cerebros e influye en los sueños y en otros aspectos de nuestras vidas hasta el punto que los fotogramas que consumimos influyen en nuestro subconsciente modelando actitudes, valores, expectativas y condicionan nuestras creencias.
Vivimos en sociedad. Y eso significa que lo que vemos, lo que compartimos y lo que normalizamos tiene consecuencias. Evidentemente, es imposible controlar todos los mensajes visuales que nos rodean. Sin embargo, sí podemos decidir cómo los interpretamos, cómo los filtramos y cómo educamos a las generaciones futuras para mirar con ojo crítico.