Podéis pensar en una hecatombe nuclear como la que en su día imaginó Pierre Boulle al escribir El planeta de los simios. ¿Quién creéis que sobreviviría: los simios o las ratas?

Siendo realista, la respuesta es idéntica con o sin el cataclismo de la novela distópica de Boulle. Os invito a viajar con vuestra imaginación a un futuro no tan lejano. Las calles están vacías de humanos, pero rebosantes de vida… roedora. Las ratas han heredado nuestras ciudades: ocupan los parques, los mercados… se han instalado en nuestras confortable viviendas y se han convertido en una auténtica plaga urbana como consecuencia de nuestra negligencia en la gestión correcta de residuos.

Los medios de comunicación ya han publicado cifras alarmantes del número de ratas por habitante en ciudades como Londres o Barcelona. Cualquier cifra proporcionada hoy, mañana será mayor teniendo en cuenta que las camadas de estos mamíferos son abundantes, especialmente cuando las condiciones de vida y reproducción son óptimas.

Estos indeseados habitantes subterráneos no aparecen por arte de magia. El factor principal que justifica su presencia es la abundancia de alimento que proviene, principalmente de la gran cantidad de residuos orgánicos en las calles: bien porque las bolsas de basura se depositan en el suelo, bien porque los contenedores están mal cerrados o manipulados. Es decir, somos sus principales proveedores de alimentos.

Así pues, las ratas se multiplican donde hay abandono y malos hábitos de higiene comunitaria. Son un espejo incómodo de una sociedad que normaliza el incivismo. Son animales oportunistas y nosotros, humanos, les permitimos que convivan en nuestro hábitat más por falta de conciencia que por ignorancia.

Sabemos cómo evitarlo, sabemos cómo usar un contenedor de basura, dónde se debe dejar cada tipo de basura… y sino lo hacemos correctamente es porque no lo sentimos como nuestro deber. Posiblemente creemos que podemos dejar nuestra basura de cualquier manera, que vendrán otros detrás y lo arreglarán y, lamentablemente tenemos razón: se ocupan las ratas.

Para revertir las actuales plagas de roedores urbanos no basta con aplicar políticas sostenidas de control de plagas, es necesario contar con la colaboración ciudadana y, a mi criterio, es necesario comenzar por la activación de la conciencia comunitaria. A las administraciones públicas, les agradecería que con el dinero de todos, financiasen una campaña de comunicación; por ejemplo: «a partir de ahora, hagámoslo bien» – y aunque todos lo sabemos, la publicidad debe mostrar cómo mantener nuestro entorno limpio. Es decir, recordar las múltiples maneras de gestionar correctamente nuestros residuos.

Ahora bien, en el contexto actual me pregunto si con educación colectiva es suficiente o quizás necesitamos implementar un sistema de sanciones que penalice el incivismo y la negligencia en la gestión de residuos. De este modo, aquellas persona que no sientan que son responsables de los problemas de salud pública sepan cuáles son las consecuencias. Lamentablemente, posiblemente la solución sea educar para prevenir, multar para corregir.

Tenemos varias disyuntivas, podemos sentirnos devastados por tener plagas en nuestro entorno o podemos cambiar hábitos, por nuestra salud, por la de nuestros hijos, por la de todas aquellas personas que significan algo en nuestras vidas. Podemos permitir comportamientos incívicos o educar en valores. Podemos quedarnos sin hacer nada, o podemos actuar proactivamente. En definitiva, si sabemos hacer muchas cosas bien, ¿por qué no empezar hoy con la gestión adecuada de residuos?

Si seguimos igual, la Tierra se convertirá en el planeta de las ratas y no precisamente por casusa de una bomba… será gracias a nuestra basura orgánica.


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