Nota de actualización editorial
Este artículo fue publicado originalmente en 2018 en este blog con el título Enseñar las emociones a un Asperger. Actualizaciones y revisiones: 2022 y 2024.
Los profesionales y cuidadores de personas con síndrome de Asperger deben prestar especial atención a la forma de enseñar las emociones. Para ello, resulta imprescindible conocer las particularidades sociales y emocionales asociadas a este perfil cognitivo.
La psiquiatra británica Lorna Wing fue la responsable de recuperar y difundir internacionalmente el trabajo de Hans Asperger, publicado originalmente en alemán en 1944. Gracias a sus investigaciones y a la traducción de sus aportaciones al ámbito anglosajón, el síndrome de Asperger comenzó a recibir un amplio reconocimiento científico fuera del contexto germánico.
Wing señaló una diferencia fundamental dentro del espectro autista: la existencia de personas con un desarrollo del lenguaje estructuralmente conservado, pese a presentar importantes dificultades en la interacción social y la comunicación. Esta aportación contribuyó a consolidar durante décadas la denominación «síndrome de Asperger».
En la actualidad, el DSM-5 integra este diagnóstico dentro del trastorno del espectro autista (TEA). No obstante, muchas personas continúan identificándose como asperger. Por este motivo, en este artículo se mantiene esta denominación cuando el contexto así lo requiere.
Aunque muchas personas con síndrome de Asperger presentan un adecuado desarrollo del lenguaje, suelen experimentar dificultades para interpretar las normas sociales implícitas y la comunicación no verbal. Por ello, necesitan un aprendizaje explícito de numerosas competencias socioemocionales que la mayoría de los niños adquieren de forma espontánea durante su desarrollo.
Así pues, resulta fundamental proporcionar herramientas que les permitan reconocer, expresar y regular adecuadamente sus emociones.
Necesidad de aprendizaje explícito de las emociones
Las intervenciones centradas en el desarrollo de las habilidades sociales ofrecen recursos específicos para favorecer este aprendizaje. Asimismo, toda persona implicada en la educación, el acompañamiento o la intervención terapéutica debe dedicar una atención especial al desarrollo emocional. De este modo, se reduce el riesgo de que determinadas conductas sean malinterpretadas durante los procesos de inclusión educativa, social o laboral.
El aprendizaje emocional presenta una doble dimensión. Por una parte, implica comprender las propias emociones y aprender a regularlas. Por otra, exige interpretar correctamente los estados emocionales de las personas del entorno.
En este sentido, Daniel Goleman defendió que la educación emocional debería incorporarse desde las primeras etapas educativas. Sin embargo, la interpretación de las emociones ajenas requiere, en muchas personas con síndrome de Asperger, un entrenamiento específico.
Por ejemplo, algunas personas evitan el contacto visual directo y centran su atención en la boca de su interlocutor. Como consecuencia, pueden perder parte de la información que transmite la comunicación no verbal, especialmente la relacionada con las expresiones faciales.
Las investigaciones de Lorna Wing pusieron de manifiesto que las dificultades no afectan únicamente a la comunicación verbal, sino también a la comprensión de las normas sociales implícitas, la comunicación no verbal y el reconocimiento de las emociones propias y ajenas.
Metodologías prácticas para enseñar las emociones
El diseño de una intervención eficaz requiere transformar la teoría en estrategias concretas de aprendizaje. Entre las metodologías con mayor respaldo científico destacan las siguientes:
- Uso de apoyos visuales y escalas graduadas, como el termómetro de las emociones, para identificar la intensidad de cada sentimiento mediante valores numéricos.
- Análisis de fotografías de expresiones faciales, descomponiendo cada elemento del rostro —cejas, mirada, boca o tensión muscular— para facilitar su reconocimiento.
- Empleo de historias sociales que describen situaciones cotidianas, explicando de forma explícita qué siente cada personaje y cuáles son las causas de esas emociones.
- Realización de sesiones de vídeo y actividades de role playing para practicar habilidades sociales y respuestas emocionales en un entorno seguro.
- Identificación de las respuestas fisiológicas asociadas a cada emoción, como la aceleración del ritmo cardíaco, la tensión muscular o la sudoración, relacionándolas con el estado emocional correspondiente.
La actividad física desempeña igualmente un papel importante en la regulación emocional. La doctora Rita Jordan señala que la práctica regular de ejercicio físico —al menos veinte minutos diarios— contribuye a reducir el estrés, favorece la concentración y mejora la autorregulación emocional.
El aprendizaje emocional también implica comprender que emociones como el enfado, la ira o la frustración forman parte de la experiencia humana. El objetivo no consiste en evitarlas, sino en aprender a expresarlas y gestionarlas de forma socialmente adecuada, sin recurrir a conductas agresivas.
Del mismo modo, aceptar los tiempos de espera, tolerar la frustración o asumir que otras personas pueden ocupar el primer lugar en determinadas situaciones son habilidades que pueden desarrollarse mediante una intervención estructurada y constante.
En situaciones de elevada carga emocional también puede disminuir temporalmente la fluidez verbal. La búsqueda de palabras resulta más compleja y la comunicación se vuelve menos eficaz. Asimismo, la interrupción inesperada de una rutina puede generar una intensa sensación de frustración. Por este motivo, resulta conveniente enseñar estrategias que permitan anticipar los cambios, comprender que las interrupciones son temporales y desarrollar una mayor tolerancia ante la incertidumbre.
Herramientas bibliográficas para trabajar las emociones
La literatura especializada ofrece numerosos recursos para desarrollar la educación emocional en personas con síndrome de Asperger.
Autores de referencia, como Tony Attwood, han elaborado numerosos manuales y cuadernos de trabajo destinados a enseñar estrategias para gestionar la ansiedad, la ira y otras emociones mediante actividades prácticas y participativas.
Entre las obras de referencia destaca El espectro autista: una guía para padres y profesionales, publicada por Lorna Wing en 1996 y revisada posteriormente en 2012. Se trata de uno de los textos divulgativos más influyentes sobre el trastorno del espectro autista. En él se presenta el autismo como un continuo de manifestaciones clínicas y se explica una concepción dimensional del espectro que posteriormente quedaría reflejada en los principales manuales diagnósticos internacionales, como el DSM-5 y la CIE-11.
Tanto las aportaciones de Tony Attwood como las de Lorna Wing constituyen herramientas de gran utilidad para profesionales, familias y educadores. Sus obras facilitan la identificación de las señales físicas asociadas a las emociones y proporcionan estrategias prácticas para favorecer la comprensión de la comunicación no verbal, la autorregulación emocional y el desarrollo de las habilidades sociales.