Saber no es parecer
«Experta en limpieza», «experta en orden» o, en definitiva, «gurú del do it yourself». La proliferación de falsos versados en redes sociales ha contribuido a vaciar la palabra experto de buena parte de su significado. Hoy resulta cada vez más fácil atribuirse semejante grado de maestría por el mero hecho de publicar contenido en estas plataformas y acumular seguidores. En consecuencia, la experiencia corre el riesgo de banalizarse cuando saber, parecer y tener seguidores terminan presentándose como categorías equivalentes.
Las redes sociales pueden terminar por confundir la capacidad de comunicar con la posesión de conocimiento. La maestría real, sin embargo, exige una sólida experiencia previa y la capacidad de ejecutar cada tarea con precisión técnica. Además, las dinámicas propias de estas plataformas pueden condicionar a los creadores de contenido mediante la exigencia de una determinada frecuencia de publicación y la aplicación de criterios de viralización que no necesariamente coinciden con la calidad del contenido, sino con los sistemas de recomendación y las métricas de interacción que utilizan estas plataformas.
La experiencia práctica y el ejercicio continuado de una actividad suelen ser fundamentales para alcanzar un verdadero grado de especialización. Saber no es lo mismo que parecer experto, y tener seguidores tampoco acredita necesariamente la posesión de conocimientos.
El conocimiento especializado suele requerir años de ejercicio, experiencia y aprendizaje continuado. Sería deseable que su transmisión estuviera vinculada a la capacidad del propio profesional para comunicar con claridad, en lugar de delegarla, en algunos casos, en pseudoexpertos que quizá podrían ampliar su trayectoria profesional en las artes escénicas cuando el contenido acaba convirtiéndose en una representación. Puedes ampliar esta reflexión sobre cómo la comunicación estratégica y la narrativa influye en la percepción pública, leyendo el artículo “La conexión con el público requiere comprensión“
Parecer experto: la autoridad de la mise en scène
Entre estos influencers no faltan quienes proyectan sus discursos con la rotundidad del protagonista de una gran producción audiovisual. Respaldados por una iluminación cuidadosamente estudiada y una edición diseñada para multiplicar las visualizaciones, transmiten sus mensajes con una seguridad absoluta. Parecer experto forma parte, en muchos casos, de esa puesta en escena. Sin embargo, esa aparente certeza no siempre es más que un recurso cuidadosamente construido para cautivar a millones de espectadores.
Hace pocos días me llamó la atención el titular de una de estas «especialistas» en limpieza. Después de haber gestionado durante doce años una empresa de servicios en este sector, la curiosidad pudo conmigo y decidí comprobar qué aportaba de nuevo al apasionante universo de la limpieza profesional.
La realidad resultó ser bastante menos revolucionaria de lo esperado: una joven sin experiencia alguna en el ámbito de la limpieza profesional que divulgaba los típicos trucos domésticos de la abuela. Nada que objetar a los conocimientos transmitidos de generación en generación, por supuesto. El problema comienza cuando esos saberes domésticos se transforman en una acreditación profesional en las redes sociales. Sin embargo, ahí estaba ella: presentada ante el mundo como una experta.
La bayeta convertida en ciencia
Una experta que no asumirá responsabilidad alguna por los daños que sus consejos puedan causar a terceros; que no responde ante ningún cliente y que, en lugar de escurrir una bayeta mediante una técnica adecuada, se retuerce las manos con un entusiasmo digno de proporcionar trabajo a más de un traumatólogo. Los especialistas en lesiones de muñeca deben de estar encantados con este tipo de contenido: una fuente inagotable de futuros casos de síndrome del túnel carpiano para quienes decidan reproducir fielmente sus métodos.
La química del bicarbonato
Capítulo aparte merece el conocimiento de química necesario para determinar qué superficies requieren un producto neutro, alcalino o ácido o, sencillamente, para saber qué sustancias no conviene mezclar y qué combinaciones pueden resultar peligrosas, si no se quiere convertir la cocina en un pequeño laboratorio de guerra química.
El INSST advierte expresamente sobre los riesgos derivados de mezclar productos de limpieza incompatibles y recomienda seguir las instrucciones de uso y dosificación indicadas por los fabricantes. Nada particularmente revolucionario, pero quizá convendría recordarlo antes de convertir cada consejo doméstico en una demostración de química recreativa.
En su condición de «expertas», estas figuras promueven combinaciones como el vinagre y el bicarbonato porque producen un efecto visual extraordinariamente adecuado para las redes sociales: espuma, burbujas y la promesa de una transformación milagrosa. La reacción química existe, naturalmente: el CSIC explica que el bicarbonato sódico reacciona con el ácido acético del vinagre y produce dióxido de carbono. Sin embargo, que una mezcla produzca burbujas no significa que esas burbujas sean una demostración de mayor eficacia limpiadora.
Lo que rara vez explican es que la espectacularidad visual no equivale necesariamente a eficacia y que determinadas aplicaciones repetidas pueden deteriorar algunos materiales, por ejemplo, el mármol. Pero, naturalmente, eso resulta bastante menos viral que un vídeo en el que algo burbujea.
Tener seguidores: la nueva acreditación
¿Y qué decir de la «experta en orden»? ¿Realmente necesitamos una figura con titulación académica en orden? ¿Existe el grado universitario en orden?
Una persona puede desarrollar una mayor o menor inclinación al orden, en buena medida, como consecuencia de hábitos adquiridos tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Los umbrales de tolerancia a la desorganización establecidos en estas dos esferas acabarán definiendo, en gran medida, su propio concepto del orden.
La pedagogía del orden
Si hoy parecen necesarios los expertos en orden es, quizá, porque algunos hábitos cotidianos que antes se transmitían de forma casi automática en el entorno familiar ya no siempre encuentran el mismo espacio. Gestos tan elementales como llevar la ropa al cesto de la colada, recoger el plato después de comer o guardar aquello que se ha utilizado contribuyen a adquirir una disciplina básica en el hogar.
El ámbito educativo, por su parte, también puede contribuir a reforzar estos aprendizajes mediante normas explícitas, la asunción progresiva de responsabilidades, el desarrollo de la autonomía, el respeto por los espacios comunes, la organización de los materiales y una gestión del tiempo basada, entre otras cosas, en la planificación de las tareas.
La anarquía del desorden es relativa
Personas desordenadas han existido siempre. La diferencia es que la tolerancia al desorden varía sustancialmente de una persona a otra. Hay quien, dentro del caos aparente, mantiene su propio sistema perfectamente funcional. A estas personas, la saturación visual no necesariamente les genera sobrecarga ni ansiedad. Más bien se mueven como pez en el agua dentro de su peculiar anarquía.
En cambio, para quienes sí experimentan malestar ante la acumulación y el desorden, la adquisición de rutinas puede resultar indispensable. Y es justo ahí donde irrumpe la influencer del orden: para enseñar, a golpe de likes, lo que algunas personas nunca llegaron a incorporar como hábito cotidiano.
La ciencia del experto guardar un jersey
Por fortuna, las recomendaciones de esta última no resultaban tan potencialmente destructivas como las de su homóloga de la limpieza. Nos deleita con revelaciones trascendentales como doblar los calcetines en forma de pequeños «paquetitos» —para evitar, supongo, que emprendan el vuelo desde la lavadora hasta el cajón del que salen cada mañana— o colocar los jerséis en vertical para «dejar que la ropa respire», como si las prendas de lana necesitaran oxigenarse después de una jornada particularmente agotadora dentro del armario.
No obstante, tengo que reconocer que semejante contenido constituye un auténtico triunfo de la pedagogía moderna: hemos conseguido convertir en conocimiento especializado la extraordinaria habilidad de guardar un jersey.
Cuando parecer experto es suficiente
Quizá el verdadero problema no sea que existan personas dispuestas a compartir los tradicionales trucos domésticos de las abuelas, sino que hayamos terminado por llamar conocimiento especializado a cualquier experiencia convenientemente grabada y editada para las redes sociales.
La popularidad se ha convertido en una suerte de acreditación informal. Una audiencia numerosa puede contribuir a generar la impresión de que quien la reúne debe de saber de lo que habla y otorgarle una autoridad en redes sociales que no necesariamente se corresponde con su experiencia profesional. Si, además, comunica con seguridad, utiliza una terminología convincente y presenta sus contenidos con una estética profesional, la apariencia de competencia puede resultar extraordinariamente convincente. En ese contexto, parecer experto puede llegar a ser suficiente para que una audiencia conceda una autoridad que no siempre se corresponde con una experiencia o formación reales.
Pero los likes no certifican conocimientos, del mismo modo que el número de seguidores no acredita experiencia profesional. Una audiencia numerosa demuestra que alguien sabe captar y mantener la atención de otras personas. Y eso, aunque pueda ser una habilidad extraordinariamente valiosa, pertenece a un ámbito distinto.
Tener seguidores no convierte automáticamente a nadie en experto, del mismo modo que saber doblar una prenda de ropa no crea, por sí solo, el hábito del orden.
Tal vez haya llegado el momento de recuperar el verdadero peso semántico de las palabras y utilizarlas correctamente en su contexto. Lástima que para ello sea necesario prestar un mínimo de atención al significado de las palabras.
Entre tanto, zozobramos en una sociedad en la que parece que todo el mundo pretende ser experto sin serlo realmente.