Un continente nacido de la lógica

Terra Australis Incógnita se concibió en la antigua Grecia. Geógrafos y filósofos creían que habitaban en un planeta esférico y simétrico. Su lógica les llevó a concluir que necesariamente debía existir una gran masa continental en el hemisferio sur cuyas dimensiones debían ser equiparables a Europa, Asia y África, pues sólo así podía existir una naturaleza armoniosa y perfecta.

Posteriormente, se abandonó la creencia de que la Tierra pudiera ser esférica. Principalmente, porque las tradiciones del cristianismo la consideraban inconcebible y promulgaban la concepción de una tierra plana.

El pensamiento griego resurgió con el Renacimiento, un período en el que convergen diversos factores que transformaron profundamente la visión medieval del mundo. La recuperación de los conocimientos clásicos devolvió la credibilidad de la idea de un planeta esférico y reavivó la creencia en Terra Australis Incógnita, concebida como la gran masa continental que debía equilibrar el mundo conocido. Al mismo tiempo, los avances en navegación, como la brújula y el astrolabio, facilitaron las travesías oceánicas.

La caída de Constantinopla en 1453 a manos del Imperio otomano alteró las rutas comerciales hacia Asia e impulsó la búsqueda de alternativas marítimas. Era necesario romper el monopolio  de la potencia emergente y las intermediaciones de las repúblicas italianas como Venecia y Génova. Por lo tanto, las monarquías occidentales tenían la necesidad acuciante de llegar a las Indias Orientales. En este contexto se produjeron viajes decisivos, como la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492.

A estas expediciones les siguieron los asentamientos de población europea. Las colonias garantizaban el acceso directo a recursos naturales sin depender de reinos rivales y, además, permitían establecer monopolios comerciales a favor de la potencia que dominaba el territorio ocupado.

Los límites de la cartografía medieval

En la época medieval la cartografía no buscaban la precisión geográfica que requiere la navegación oceánica, sino que perseguían una representación simbólica y teológica del mundo conocido. Los más extendidos eran planisferios  en forma de T.

San Isidoro de Sevilla trató de conciliar la religión con la ciencia encerrando la T dentro de una O y situando Jerusalén en el centro. Con el paso del tiempo y el fortalecimiento del poder papal, muchos mapas desplazaron simbólicamente ese centro hacia Roma.

Ilustración de un mapamundi medieval del siglo XII que muestra el hemisferio conocido separado del hemisferio sur por el ecuador y la Zona Tórrida.
Mapamundi zonal del siglo XII

Transformación y perfeccionamiento de la Cartografía

El océano Índico se dibujaba como un mar interior cerrado, unido por una gran masa continental que conectaba el sur de África con el extremo oriental de Asia. Este enfoque procedía en buena medida de la Geographia de Claudio Ptolomeo. Mientras la autoridad del geógrafo griego permaneció intacta e incuestionable, la costa oriental africana parecía prolongarse indefinidamente hacia el sur.

Esta visión del mundo se transformó  en 1488, cuando Bartolomé Díaz alcanzó el extremo meridional de África, navegando al otro lado del cabo de Buena Esperanza y demostrando que existía una ruta marítima hacia el océano Índico. Por primera vez quedaba claro que África no estaba unida a la supuesta masa continental austral.

Posteriormente, el descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520 confirmó la conexión entre el Atlántico y el Pacífico. Sin embargo, la hipótesis de Terra Australis Incógnita no desapareció. Simplemente cambió nuevamente su ubicación hacia latitudes más meridionales y siguió figurando en los mapas durante siglos a pesar de no haber comprobado  su existencia.

Zona climática Tórrida

Además de las corrientes adversas y el temor a la denominada «Zona Tórrida» desalentaron las exploraciones más allá del paralelo 0 por la influencia que la cultura clásica ejercía en Europa Occidental. Parménides de Elea — en el s. V a. C. — dividió la Tierra en cinco zonas climáticas: dos zonas gélidas — los polos, dos zonas intermedias y templadas consideradas aptas para la vida humana y una zona árida  e inhabitable que era el ecuador. En éste,  se creía que no se podía navegar porque la madera de los barcos se quemaban y consecuentemente, toda la tripulación perecía.

La influencia decisiva de la evolución técnica

La distancia entre continentes solía aparecer distorsionada y numerosos marinos afirmaban ser incapaces de reencontrar islas previamente identificadas. Antes de la invención del cronómetro marino, los navegantes podían calcular razonablemente bien la latitud, pero determinar la longitud seguía siendo uno de los grandes problemas de la navegación.

El cronómetro desarrollado por John Harrison en el siglo XVIII permitió resolver esta cuestión con una precisión inédita. Conocer la hora exacta del puerto de partida hacía posible calcular la posición longitudinal y reducir significativamente los errores de navegación. Hasta entonces, las cartas náuticas se elaboraban a través de las anotaciones realizadas en los diarios de a bordo. 

Por lo tanto, las posiciones geográficas eran inexactas y estimativas. Se calculaban a partir de la velocidad del barco, el rumbo seguido y las observaciones astronómicas. Se producían errores provocados por corrientes, vientos o abatimientos que tenían como consecuencia la deformación de continentes y costas.

Los primeros avistamientos

El primer marino que avistó Australia fue William Janszoon en febrero de 1606. Denominó al territorio Nueva Holanda por su origen holandés. Desembarcó en el cabo de York y en sus primeras incursiones se forjó una imagen de territorio inhóspito, árido y desértico. La ausencia de tierras fértiles, la escasez de agua y el hecho de estar habitado por aborígenes nómadas, con quienes se dio por supuesto que no se podía comerciar, se tradujeron en una pérdida de interés durante los siguientes 182 años.

James Cook y el fin de la incógnita

En 1768, una expedición científica partió del puerto de Plymouth con el objetivo de observar el tránsito de Venus. Sin embargo, la misión era otra: el entonces teniente Cook debía seguir navegando rumbo al sur para encontrar esa gran masa de tierra, si es que existía, del hemisferio austral. Primero llegó a Nueva Zelanda, se dio cuenta de que eran dos islas, las circunnavegó y las cartografió.

Posteriormente, Cook llegó a la costa este de Australia y desembarcó en Botany Bay, reclamando el territorio para la Corona británica bajo el nombre de Nueva Gales del Sur. A continuación, prosiguió su travesía hacia el norte mientras cartografiaba el litoral oriental del nuevo continente.

Terra Australis dejó de ser una incógnita con Cook, a pesar de que su territorio continuó sin despertar un interés inmediato. América estaba más próxima a Europa y, hasta que obtuvo la independencia en 1776, fue el destino de siervos con contratos temporales y convictos cuyas condenas tenían fecha de caducidad, por lo que resultaba más conveniente.

El legado histórico de Cook

La contribución del capitán Cook a la cartografía marítima fue esencial para garantizar una navegación segura, pero también dejó un importante legado histórico en materia de supervivencia. Su método se basó en la disciplina, la máxima higiene y un estricto protocolo alimentario a bordo. Fue la primera expedición en la que ninguno de los tripulantes contrajo ni pereció a causa del escorbuto.

De continente desconocido a posición estratégica

Tras la pérdida de las Trece Colonias en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, el gobierno británico volvió la mirada hacia el Pacífico. Sir Joseph Banks, naturalista que había acompañado a Cook en su primer viaje, defendió la viabilidad de establecer un asentamiento en Nueva Gales del Sur. En 1787 partió la First Fleet al mando de Sir Arthur Phillip. Meses después, el HMS Supply desembarcó en Sydney Cove, marcando el inicio de la colonización británica de Australia el 26 de enero de 1788.

A lo largo de la historia europea, Terra Australis Incógnita pasó de ser un continente deseado a un territorio decepcionante para convertirse en una posición estratégica en el océano Pacífico.

Fuentes:

Díaz de Villanueva, Fernando . La Contrahistoria (https://www.youtube.com/watch?v=KJ-MxgTysZQ&t=1867s)